3 dic. 2016

Bujías de Pasión

Capítulo 2

            Detuvo el coche en la misma entrada al restaurante. A los pocos segundos ya había junto a ellos dos muchachos perfectamente uniformado, tanto que a Robert siempre le recordaba a los casacas rojas y tenía que sonreír sí o sí. Uno de los jóvenes aparcacoches abrió la puerta de Valeria y el otro hizo lo propio con la del conductor. Robert bajó, le entregó las llaves y rodeó el coche hasta encontrarse con su novia y enfilar la alfombra roja que daba acceso al restaurante.
            —Monsieur Andrews… Mademoiselle…—el maître, elegantemente uniformado, se apresuró a salir al encuentro de la pareja para saludarles—. Es un placer verles por nuestro establecimiento.
            —Muchas gracias, Maximilian—contestó de forma amable Robert estrechando su mano—. Lo cierto es que hacía tiempo que no venía por aquí, por ello te pido disculpas por las molestias que pueda haber ocasionado.
            —¡Mon Dieu, Monsieur Robert!—exclamó de forma efusiva el maître al devolverle el saludo—. Molestia ninguna; al contrario, es un honor tenerles esta noche aquí.
            —Gracias, señor Maximilian…—Valeria saludó moviendo de forma leve la cabeza, primeramente, y después miró a Robert—. No entiendo por qué no me traes más a menudo a este lugar… ¡Me encanta!
            —Lo sé, cariño… Ya sé que te encanta…—Robert sonrió mientras la miraba y le recordaba a una pequeña niña caprichosa. Eso era una de las cosas que le encantaba de ella.
            —Por favor, si son tan amables de acompañarme, les llevaré hasta su mesa—les conminó el maître antes de echar a andar hacia el interior—. Les hemos preparado una mesa en el piso superior, en uno de los balcones que dan a la fuente interior. Esperamos que sea de su agrado.
            —Lo será, Maximilian, no tengo la menor duda de ello—dijo Robert.
            —¿Sabe? Su padre también estuvo anoche aquí en una cena de negocios. Para el señor Vignon es un halago que su familia escoja nuestro local.
            —Hágame un favor, Maximilian, dígale que estamos aquí y que me encantaría saludarle.
            —Faltaría más, Monsieur Robert. Se lo comunicaré encantado.
            En un paseo llegaron a su mesa, el maître sacó una silla, invitó a Valeria a sentarse y después la acomodó. Iba a hacer lo mismo con Robert pero éste se le adelantó haciendo un gesto con la mano para indicar que no era necesario.
            —Me van a permitir que les sugiera un Domaine de la Romanee-Conti Montrachet Grand Cru para acompañar la cena—dijo el maître con seguridad—. Ahora les traeré la carta.
            —En tus manos quedamos, Maximilian—respondió Robert. Ya comenzaba a sentirse algo incómodo con tanta atención, y fue un alivio cuando Valeria y él se quedaron por fin solos.
            —Este lugar es una delicia, cariño—Valeria sonreía, se la veía feliz.
            —No puedo negar que es una maravilla, pero sigo pensando que no termino de encajar en lugares como éste, yo prefiero otra cosa…
            —Ya he comprobado muchas veces lo que prefieres, y de verdad, mi vida, que no te entiendo… Puedes tenerlo todo, y sin embargo, te empeñas en vivir como un pobre, comportarte como un pobre, y comer como un pobre—Valeria lo miraba con cara de resignación al principio de sus palabras, y conforme iba hablando y veía una sonrisa burlona en Robert, se enfadaba por instantes—. No le veo la gracia, mi amor.
            —Claro que no se la ves… y es por eso que te pones tan guapa cuando te enfadas…
            El maître regresó acompañado de un camarero que les sirvió las copas de vino, y Maximilian personalmente les dejó las cartas y quedó a la espera de tomar nota de lo que iban a tomar.
            —Cariño—Robert se dirigió a su novia—. Si haces el favor, elige tú por los dos. Sorpréndeme.
            —Vale—Valeria lo miró fijamente a los ojos y acto seguido cerró su carta y se la entregó al maître—. Tomaremos el carpaccio de langosta, un Oeuf à la Coque, el risotto al Moët & Chandon, y de postre, sin duda, el Chocopologie
            —Caramba…—Robert miraba a su novia con una expresión de incredulidad. Estaba más que claro que aquella vida sí que era para ella, y por eso daba aún más valor que accediera a viajar en moto y a comer en hamburgueserías de barrio—. Maximilian… La señorita ha hablado.
            —Excelente elección, mademoiselle—el mâtre se retiró.

*   *   *

            La velada transcurrió entre platos deliciosos de la más alta cocina, bebidas selectas, risas y miradas cómplices. A Valeria le encantaba hablar sobre su trabajo, y a Robert no le extrañaba, no en vano era una de las editoras más prestigiosas del gremio y decidía el futuro de grandes obras para la editorial más importante del país. El brillo de sus ojos cada vez que hablaba de algún escritor o de algún libro era el síntoma inequívoco de que su trabajo le apasionaba. A Robert, en cambio, no le gustaba leer.
            —¿Pedimos la cuenta y nos vamos?—Valeria cortó en seco su propia palabrería y cambió el tema de repente—. Me apetece tomar un cóctel por el centro, ¿Te apetece?
            —Claro que sí, pero no hasta tarde, que mañana tengo demasiadas cosas que hacer.
            —¿Cosas que hacer?—Valeria preguntó intrigada. Al día siguiente sería sábado y que ella supiese, no tenía trabajo pendiente ni planes con su familia—. A ver, señor ocupado… ¿Es algo relacionado con ese proyecto secreto tuyo?
            —En parte sí—Robert levantó el brazo sosteniendo entre sus dedos la tarjeta de crédito de la familia mientras sonreía y no quitaba ojo de Valeria—. Pensaba dedicarle algo de tiempo, pero ahora también tengo que ocuparme de Betty Boop.
            —¿En serio?—Valeria abrió los ojos de par en par y poco después los cerró entre suspiros—. Entiendo… Por eso has venido en coche. ¿Qué le ha pasado ahora?
            —En realidad no lo sé—Robert de encogió de hombros—. Intentaré averiguarlo mañana, pero algo me dice que en esta ocasión necesitaré la intervención de un profesional.
            —Lo que tendrías que hacer llevar ese trasto a la chatarrería y dejarlo allí para siempre—se cruzó de brazos y frunció el ceño—. Cómprate otra si tanto te gusta, ¿no?
            —Estás preciosa cuando te pones celosa, ¿lo sabías?—a Robert le gustaba enfadarla cada vez que tenía ocasión.
            —Ya sabes que no me gusta ni esa moto ni ese supuesto proyecto secreto que no quieres contarme…
            —Betty Boop es especial para mí, significa mucho en mi forma de ser, y lo otro…—le guiñó un ojo para hacerla sonreír un poco—. Estoy seguro de que te gustará, y con suerte, podré vivir mi vida como yo quiero.
            —¿Y yo no pinto nada en esa vida?
            —Claro que pintas, mi vida. Confía en mí, no te arrepentirás—Robert se levantó de la silla, se acercó a ella y le dio un apasionado beso—. Vamos a por esos cócteles, ¿no?
            —Por esta vez te lo paso, pero que sepas que creo saber qué es ese proyecto secreto…
            —¿De verdad?—Robert se hizo el sorprendido.
            —Sí, el otro día estuve de compras con tu madre, y me contó que escondes algo en el cobertizo cubierto por una lona…
            —¿Ah, sí? ¿El qué?
            —Me dijo que no miró, pero que sepas que cualquier día de estos voy yo personalmente y lo descubro…
            —En fin… Tendré que cerrar con llave…—Robert se echó a reír a la par que Valeria volvía a mosquearse—. Vámonos, guapa.

*   *   *

            Atravesó el jardín como si fuese un zombi, y estuvo a punto de tropezar un par de veces. No debió irse a la cama tan tarde, pero la noche de fiesta que pasaron Valeria y él al final mereció la pena. Le daba rabia, pero era innegable que con dinero se podían hacer muchas cosas divertidas, pero el día ya pasó, en ese momento tocaba volver a ser él mismo, y tenía una mañana ajetreada.
            Abrió la puerta del cobertizo y se quedó mirando su moto y la lona que cubría algo al lado de ella. Recordó la conversación de la noche anterior y sonrió. Se acercó y la retiró dejando a la luz lo que ocultaba. Aún tenía mucho trabajo por delante para restaurar aquel sidecar que encontró en el desguace, pero tampoco tenía mucha prisa. Lo bueno era que aquello le servía de elemento de distracción para Valeria; ella estaba convencida de que aquel era su proyecto secreto, y Robert sabía que su madre no pudo aguantar mucho sin mirar debajo de aquella lona.
            Tardó poco más de dos horas en darse cuenta de que no era la bujía la responsable de que su moto no arrancase, ni el carburador ni el cilindro, ni siquiera los manguitos o la llave de paso de la gasolina. Desarmó el embrague y la palanca de arranque y tampoco ocurrió el milagro. Tardó un par de segundos en darse cuenta de que no podía arreglarla él sólo.
            Cogió su móvil y buscó el taller de motocicletas más cercano a la mansión. Ni muerto pensaba llamar a la grúa para que sus padres tuvieran un motivo más para recriminarle eso que ellos denominaban rebeldía treintañera; por eso la empujaría hasta donde fuera necesario. Apareció en la pantalla un pequeño taller que él desconocía, y era el más cercano de todos. Cuando miró los detalles de la ubicación comprendió por qué nunca lo había visto. Se encontraba en uno de los barrios de las afueras, separado de la ciudad por un viejo puente de hierro sobre uno de los afluentes del río. Eso no le importaba, allí decidió llevar a Betty Boop.

*   *   *

            No, resultó que en vivo no estaba tan cerca como en el mapa. Los habitantes del barrio lo miraban con sorpresa, como quien se encuentra de repente con alguien que sabe que no es del barrio. A Robert le caían las gotas de sudor por la mejilla y la frente cuando al girar una esquina vio el pequeño cartel del taller. Motos Sand Taller de reparación rezaba un cartel de hierro con los bordes ya oxidados.
            Por fin llegó. La puerta del taller no era muy grande. En verdad, el mismo taller no era muy grande. Sacó la patilla de la moto y se asomó buscando a alguien. No quedaba un hueco libre por ningún lado, varias motos ocupaban el piso, las paredes estaban llenas de estanterías con piezas y herramientas, e incluso del techo colgaban carenados y tanques de combustible. No era precisamente un experto, pero reconoció aquellas motos; la gran mayoría eran Harley Davidson. Escuchaba ruidos por alguna parte, pero no veía a nadie.
            —¡Hola! Disculpe, ¿hay alguien?—.Entró medio metro en el taller y gritó, pero no obtuvo respuesta, y sin embargo, seguía escuchando ruidos un poco más delante. Dio un par de pasos más y advirtió que había alguien con una gorra detrás de una de las Harleys, sentado en el suelo y manipulando algo de la moto—¡Disculpe! ¿Me oye?
            Los ruidos se detuvieron al instante, escuchó cómo el mecánico dejaba alguna herramienta metálica en el suelo, se levantaba tras la moto y le hablaba.
            —¿Qué quieres?
            Robert se quedó desconcertado. No era el mecánico, o sí. Frente a él había una chica vestida con un mono azul vaquero lleno de manchas de aceite y quién sabe qué más, las mejillas ennegrecidas por la suciedad y una gorra de la que por la parte trasera caían cabellos azabache recogidos en una cola. La chica alzó sus manos y se quitó los auriculares.
            —Ho…hola—titubeó Robert—. Buscaba al mecánico…

*   *   *
           
           


3 comentarios:

  1. Ohh!! Me encanta!! Será la muchacha fe pelo cobrizo el amor de su vida?? Estoy deseando saberlo!!

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  2. "dos muchachos perfectamente uniformado" Como son dos muchachos van uniformados en plural también. Perdón que se me sale el defecto profesional.
    Ahora sí que empieza a ponerse interesante la historia....

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