Relato De Lobos y Princesas .
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BSERVO AQUELLA TENUE luz que impregna la habitación del hotel. Es cálida y sugerente, aunque de forma inmediata sonrío al caer en la cuenta de que no me servirá de nada, y acto seguido me cubro los ojos con la venda de suave tela negra que compré ayer.
Me dejo caer en la cama, sumido en
la oscuridad y sin poder de parar de mover mis piernas por un extraño temblor
nervioso mezcla de deseo, miedo e impaciencia por la espera.
El momento tan anhelado por mí está
a punto de llegar. Al fin. Lo segundos de hacen eternos, los días se han hecho
interminables. La espera se acabará pronto, pero mientras tanto no puedo evitar
quitarme y volverme a poner la venda una y otra vez, hasta que suena el móvil.
Es la señal. Está a punto de entrar.
Recordé todo como si de una película
de tratase: cuando la conocí aquella noche de agosto, la recuerdo con
detalle…el día, la hora, el aroma que había en mi habitación…parecía ayer
mismo… Apareció como caída del cielo en el chat, así, de repente, la princesita
se presentó a mí como la chica de mis sueños, y sí, era perfecta en todos los
sentidos, y ahí comenzó a cambiar la vida del lobo.
Lo creáis o no, me toméis por loco o
no, pero me enamoré de ella, como yo digo, fue un amor a primera tecla…y allí
comenzó el dulce juego de seducción que nos ha traído hasta aquí, esta noche,
ahora…
El destino nos puso en el camino la
posibilidad de un encuentro, pero no un encuentro cualquiera, un encuentro
especial, que nos hiciera estar más cerca el uno del otro, poder sentir como
cada noche, pero de manera más intensa nuestra piel, el roce de los labios, tan
solo un beso....
¿Os preguntáis el porqué de los ojos
vendados? Los dos teníamos pareja, digamos que ella tenía una relación más
seria y complicada que la mía, por lo que de momento prefería mantener su
anonimato. La conocía y la amaba como a nadie, no verla no tenía importancia
para mí.
El sonido del móvil me hizo
estremecer y embargarme de nerviosismo. Lo cogí y sentí su voz afirmando que
iba a entrar. De seguido preguntó si tenía los ojos vendados. Solo un sí salió
de mi boca...el silencio que tan solo los latidos de mi corazón acompañaban fue
roto por una puerta que se entreabría. Un nudo oprimía mi garganta, un sudor
frío me embargaba por completo, mi respiración se hacía cada vez ms profunda.
¡Dios!... jamás olvidaré el sonido de sus pasos acercándose hacia la cama donde
yo estaba tumbado….
Dejó sus cosas sobre la silla
situada bajo la ventana y se acercó hasta la cama. Se sentó a mi lado
observándome. Alargó su mano hacia mi rostro y lo acarició... y conteniendo el
temblor de su voz me susurró:
—Hola
amor, ya estoy aquí.
Podía sentir el palpitar de mi
corazón, podía notar como el suyo enloquecía también, pero los dos intentábamos
contenernos... apenas.... apenas brotaban palabras... tan solo suspiros. De
pronto su boca se fue acercando a la mía, sentía la calidez de sus labios, y
los recibí con ansia, envolviéndonos en un tembloroso beso, como si de dos
adolescentes se tratara, incontrolable, desmesurado, tierno y tímido a la vez.
Apenas despegábamos la boca el uno del otro como si quisiéramos comernos hasta
no dejar nada. Posó su mano sobre mi pecho e intentó retirarme de ella,
despegar nuestros labios.
—Espera…—me
dijo.
Cogió mis manos y las llevó
lentamente hacia su pecho, posándolas allí, pidiéndome que la sintiera, que
notara su nerviosismo, su palpitar…los dos sonreímos a la vez. Entonces
nuestras bocas se volvieron a fundir en un beso abrasador. Recorríamos los
labios con pasión, nuestras bocas abiertas al máximo, como queriendo abarcarnos
por completo, chocaban en un baile húmedo y ardiente, mientras nuestras lenguas
se fundían en la infinidad de aquel beso.
Mordí sus labios, tomé su labio
inferior entre mis dientes y tiré de él de forma suave mientras su cuerpo me
correspondía acercándose más a mí mientras dejaba caer ligeramente su cabeza
hacia atrás. Con mis labios como único guía fui descendiendo por su cuello con
ellos entreabiertos, besándola, dejándole sentir mi boca, acariciando su piel,
desde los hombros, la parte alta de su pecho, hasta la barbilla, terminando por
morderla... para volver al punto de partida. Regrese a sus labios mientras mi
lengua acompañaba sus besos, lamiéndolos mientras yo la aferraba con más fuerza
moviendo mis inquietas manos, abiertas por toda su espalda, y los degusté
milímetro a milímetro con mi lengua, dibujando su contorno, jugueteando con
ellos y empapándolos con la calidez de mi saliva.
Desesperado por su cuerpo, por su
dulce boca, por el rozar de sus pechos sobre el mío…sentía como crecía en mí el
ansia, apoderándose con furia desde lo más profundo de mí y arrebatándome la razón…De
un solo gesto arranqué su blusa saltando los botones por los aires...con fuerza
y cegado por ese deseo tan inmenso la cogí por los brazos y la tiré sobre la cama,
dejando caer mi cuerpo sobre el de ella.
Mientras mis manos se perdían en la
calidez de su piel, mi boca, arrebatada por una pasión incontrolable, recorría
su vientre desnudo. Su perfume me envolvía, me hacía perder la razón, podía
sentir su agitar como si se tratara de un fogoso torrente. Sentía el ardor de
mi boca al bajar por su vientre, dejándome anestesiado entre su calor y su
excitación tan intensa, tan extrema que despertaba mis deseos más prohibidos.
Mi erección era evidente, sentía mi sexo ardiendo.... creciendo más en mí el
descontrol. Mi sexo estaba tan duro y mis manos tan curiosas acariciando su
cuerpo, que era como si deseara estrujarla entre ellas, beberme hasta la última
gota de su existencia.
Bajé mi boca con furia hasta su sexo
apoderándome de él, sellándolo con mis labios, mientras mi lengua recorría su
volcánica cavidad. Anhelaba tanto ese momento. Su excitación era patente, y su
sexo estaba completamente húmedo...yo solo me perdí en la inmensidad de aquel
momento, me perdí entre sus piernas. Mi lengua lamía con desesperación en todas
direcciones mientras poco a poco mis labios comenzaban a succionar y dentro de
mí podía degustar el maravilloso sabor de su néctar. Mis manos subían
desafiantes por su torso desnudo, una hacia su pecho izquierdo aferrándome
fuertemente a él, y la otra hacia su boca, mientras profundizaba en ella. Ella
cogió mi cabeza con las dos manos apretándola más hacia sí, haciendo que me
perdiera entre sus piernas…
La princesita me retiró de ellas,
ahora podía sentir como bajaba por mi vientre y allí su aliento me hizo
estremecer. Sin tocarme podía sentir como descendía hasta que tuvo mi sexo
justo frente a su cara, podía notarla allí, yo seguía con los ojos tapados,
impaciente, excitado como jamás lo había estado. El roce de su rostro por mi
sexo, tocándolo con deseo, paseando su cara por él, su cuello, sus pechos,
asediándolo a caricias que me hacían enloquecer. Hasta volver donde comenzamos,
que era justo...su boca.
Se escuchó un suspiro, un momento de
incertidumbre antes de lanzarse hacia mí, mi sexo era rodeado con una cálida
humedad, mientras sus dientes lo apretaban con suavidad, solo para hacerme
sentir más prisionero de ella. La saliva lo empapaba para que resbalara bien en
su interior. Aún hoy puedo notar su
lengua dibujando círculos sobre la punta de mi sexo, haciéndolo más poderoso,
más dura, más impaciente, más sediento de todo su ser.
Retiré su boca con prisa, la sujeté
por los hombros y me levanté de la cama.... dirigiéndola contra la pared. Allí
la obligué a ponerse de cara a la misma. Como si de un poli se tratara, le abrí
bien las piernas y coloqué sus manos bien abiertas contra la pared. Me incliné
sobre su cuerpo, embriagándome de su aroma, acariciándola desde sus manos,
descendiendo poco a poco por sus brazos. En ese preciso instante gimió de tal
forma que me hizo perder el poco control que aún me quedaba. Tomé mi sexo con
la mano y lo dirigí con desesperación hacia ella, deseaba tanto que lo
recogiera en su interior… y de un solo envite de cadera entré hasta el
fondo.... los dos lanzamos un gemido, y mientras mi cuerpo se tensaba pude
notar como el de ella también se ponía rígido de placer... de esa manera, en
ese instante le hice el amor con un ardor desmesurado. El vaivén al entrar y
salir de su profundidad me hacía lanzar gemidos que compartíamos los dos, era
tal el deseo, la excitación, la pasión…
Mis manos no dejaban de acariciarla,
sujetándola por la cintura, y subiendo hacia sus pechos para tomarlos, acariciarlos,
rozarlos, sentir sus pezones duros y excitados mientras le hacía el amor.
Sentía su sexo rodear al mío como un anillo, apretándolo convulso para volver a
soltarlo a cada segundo. Se hacía casi insoportable tanto placer. Sentía el
escurrir de su ser por mi sexo erecto, y el vibrar de su interior al apoderarme
de ella con más y más fuerza. Profundizaba cada vez más en su interior y
mayores eran los gemidos que ella lanzaba, convirtiéndose poco a poco en gritos
que intentaba controlar, cosa que hacía crecer la excitación en mí.
Eran gritos lo que ya comenzaban a
surgir de mi garganta. Estábamos llegando los dos al orgasmo de una forma
increíble, pues al sentir como ella empezaba a temblar y convulsionar, mi sexo
deseó explotar y nos dejamos llevar por toda la pasión contenida. Nada pudo
detener aquel gran final…Caímos rendidos en la cama y nos quedamos dormidos,
abrazados como dos niños.
Al despertar el desconsuelo se
apoderó de mi ser al ver que me encontraba solo, vacío... ella se había ido y
tan solo encontré una nota que había dejado bien visible sobre la mesita.
“Ha sido la mejor noche de mi vida,
y espero que el destino vuelva a unirnos de nuevo, pero de momento tendremos
que esperar…
Te quiere. Tu princesita”
De
lobos y princesas.
Relato
que forma parte del libro
Los
amores que te debo.
SoldeSol,
2016.
No te Vengues en Caliente. Relato de Fran Cazorla
NO
TE VENGUES EN CALIENTE
No
me considero una vieja, ni mucho menos. Como siempre digo a las pocas amigas
con las que ya me relaciono, soy una jovenzuela de cuarenta y cinco añitos, y
bien orgullosa que estoy.
No
me considero una vieja, pero reconozco que hay días en que me siento mayor de
lo que debiera. Me casé tarde, bastante tarde para la norma, pero estoy
orgullosa de haber esperado a los cuarenta, y, sobre todo, de haberme asegurado
de que encontraba al hombre de mi vida.
Mi
príncipe azul me dio todas las comodidades del mundo, cambió las jornadas
interminables trabajando de camarera por jornadas aún más interminables en
casa, pero no me quejo, en realidad no hago mucho y lo hago cómo y cuándo
quiero, pero mis quehaceres diarios se redujeron a tener impecable nuestra casa
y preparar la comida de todos los días.
En
el primer año de casados salíamos a comer fuera todos los fines de semana, pero
ahora ya ni recuerdo cuándo fue la última vez que salimos. La situación
económica no está muy boyante que digamos, y tratamos de ahorrar para los malos
momentos. Mi pobre Enrique es el que cada día echa más horas de trabajo; yo
sigo echando las mismas.
Lo
que más lamento es que mi vida rutinaria fue haciéndose más y más insulsa, y
aunque no lo creáis, cuando ya apenas tienes nada que contar, hasta las
amistades van desapareciendo como el humo de la olla exprés.
Por
suerte aún me queda mi querida Rocío. Sé que ella jamás me abandonará porque
tenemos unas vidas tan parecidas que nuestras diarias llamadas telefónicas son
lo único que nos mantienen unidas e ilusionadas con atrevernos cualquier día de
estos a salir y volver a comernos el mundo. Al menos, eso pensamos las dos.
Rocío
vive en la otra parte de la ciudad, en la zona más acaudalada, y frente a su
precioso apartamento tiene un hotel de lujo que ha llegado a convertirse en su
mayor entretenimiento: es como la vieja el visillo, pero en guapa y
joven. Y a mí me encantan las historias que me cuenta, esas historias que la mayoría
suelen ser inventadas porque no tiene forma humana de saber quiénes son o qué
vida tienen los huéspedes que entran y salen del hotel. Pero a mí me gusta cómo
las cuenta. Bueno, no todas.
—Puri…
me temo que las sospechas que teníamos…—Rocío hizo una pausa que me dejó
esperando sin respirar unos segundos que parecieron eternos—… quedaron
confirmadas anoche…
—¿Estás
segura? ¿Segura de verdad?—le pregunté con la voz ya ahogada en mis lágrimas.
—Cariño,
lo siento, pero lo vi salir del hotel acompañado de esa mujer…—el tono de Rocío
me dio a entender que estaba preocupada por mi estado—¿Estás bien? ¿Necesitas
que vaya a verte?
—No
te preocupes, cariño—dejé de dar vueltas a la masa para el hojaldre de la cena.
Me imaginé la cara sonriente y complacida de mi Enrique al salir del hotel—Solo
necesito estar a solas para aclarar mis ideas. Gracias por estar ahí, de
verdad.
—No
me despegaré del teléfono, ¿vale?—me contestó mi buena amiga antes de
despedirnos y colgar el teléfono.
Cinco
años siéndole absolutamente fiel a aquel hombre, compartiendo los malos
momentos, tratando de hacer su vida un poco mejor cada día, complaciéndolo de
tantas formas, cocinando un día sí y otro también para él -ahora entendía lo de
los túper para comer en la oficina-, ¡cinco putos años!
Sacrifiqué
mi vida laboral, mis sueños, mis amistades, y todo por una vida al lado del que
creí mi príncipe…
Dejé
la cocina y me fui al baño para quitarme la ropa manchada de harina. Miré mi
cuerpo desnudo reflejado en el espejo. Agarré con fuerza mis senos prietos y
generosos pese a mis cuarenta y cinco, y me pregunté a mí misma qué diablos
había ido a buscar mi marido en otra mujer.
¿Cómo
no lo vi? ¿Por qué no me di cuenta de que me estaba siendo infiel? ¿Tan ciega
estaba? Y, ¿desde cuándo me engañaba? Si no hubiera sido por la buena de Rocío,
seguramente jamás me hubiera enterado. ¡Qué tonta he sido!
Mientras
me duchaba no hacía mas que darle vueltas a la cabeza. Qué le diría cuando
llegase a casa, cómo iba a empezar esa conversación, qué pasaría después, qué
excusas buscaría, o tal vez ni las buscase el cabronazo. ¿Cómo compensar tantos
años de dedicación no correspondida? ¿Cómo vengarme? Vengarme… esa palabra se
quedó grabada como un eco incesante…
Puse
patas arriba el vestidor hasta dar con la ropa interior más sexi y con el
vestido rojo vino que mi marido me regaló en nuestro primer aniversario. Me
perfumé, peiné mi largo cabello ondulado y me maquillé lo más atractiva que
pude. Había llegado el momento de salir.
Como
dijo Hammurabi, Ojo por ojo, y diente por diente.
Cogí
mi coche y me fui hasta el edificio de oficinas en que trabajaba Luis, iba a
hacerle una visita sorpresa. Luis era el mejor amigo de mi marido, desde
pequeños se habían criado juntos y se llamaban hermano el uno al otro.
Estacioné
en el aparcamiento del edificio y pregunté a la amable recepcionista por la
oficina de Luis Trillo. En el ascensor
me retoqué un poco el cabello y me coloqué bien las tetas; el escote del
vestido haría el resto.
—¡Pero
bueno! ¿Qué haces tú por aquí?—saludó efusivamente cuando abrí la puerta sin
siquiera llamar y la cerré tras de mí dirigiéndome a su mesa.
—Espero
que te guste mi visita—le contesté llegando a la mesa y señalándole que no era
necesario que se le levantase de la silla de despacho
—Sabes
que esta es como tu casa, ¿qué te tare por aquí? Y, además, tan guapa.
Rodeé
la mesa hasta estar frente a él y sin decir nada y tras su natural
desconcierto, me arrodillé entre sus
piernas y comencé a desabrochar su pantalón. Aproveché bien el tiempo que
estuvo en shock para desabrochárselo, bajar la cremallera y meter su pene aún
flácido en mi boca.
Lo
cierto es que Luis dijo algo que no entendí e intentó apartarme y frenar
aquella sinrazón, pero una vez comencé a succionar con ganas y mi húmeda lengua
hacía crecer su miembro, su resistencia se vino abajo. Es curioso, cuanto más
abajo se iba su defensa, más arriba se venía su pene, y es que no hay nada como
el verdadero placer para lograr que una locura no se detenga.
Finalmente
se dejó llevar, se echó para atrás en la silla y no volvió a decir nada, solo
se le escapaban gemidos. Sentía cómo mi boca, mis dientes, mi lengua,
acorralaban y atacaban el palpitante y duro miembro de Luis, y reconozco que
era algo jugoso y suave, no en vano era la primera polla de otro hombre que
entraba en mi boca después de tantos años, y era una sensación distinta pero
muy, muy placentera.
Sus
gemidos agonizantes preludiaron aquel glorioso final que buscaban con ahínco
mis labios, mi lengua, mi boca, y su enorme placer derivó en un torrente de
semen que salió despedido contra mi garganta, y pacientemente esperé a que todo
Luis dejase de convulsionar para succionar primero y relamer después, hasta la
última gota.
Me
levanté y mientras lo miraba fijamente me relamí las comisuras y estiré mi
precioso vestido hasta no dejar ni una arruga.
—Saluda
a Enrique de mi parte cuando lo veas—fue lo único que dije antes de dirigirme a
la puerta y abandonar el despacho de Luis. Creo que no dijo nada, y si lo dijo
no me enteré.
Cogí
el coche y salí del aparcamiento con una malévola sonrisa en mi boca, pero no
estaba dispuesta a que terminase ahí el asunto. Mientras conducía no dejaba de
pensar, hasta que en un semáforo reconocí el barrio y una lucecita se iluminó
en mi cabeza. Giré en la siguiente calle y estacioné.
Recordé
que hacía unos meses estuve allí con mi marido; su sobrino Dani se había
independizado y se había ido a vivir solo a un apartamento. Subí hasta la
tercera planta, toqué el timbre, y entré cuando el chaval me invitó a entrar.
Empezaba
a divertirme con todo aquello. Miré a Dani y a su cara de sorpresa de tan solo
dieciocho añitos. Noté que estaba algo incómodo, quizás confundido de tener una
visita inesperada de su tía, y menos aún con el atuendo con el que me había
presentado. Me invitó a pasar al salón, y una vez allí, mayor fue su cara de
incredulidad cuando observó pálido como iba desnudándome por completo delante
de sus ojos.
Parecía
de piedra, sin articular palabras, con el rostro enrojecido por la vergüenza,
pero sin quitarme la vista de encima. A buen seguro que pocas veces había visto
un cuerpo así, no todos los días puedes ver unas largas piernas abiertas y
desafiantes que comenzaban en un pubis totalmente rasurado y cuya abertura cautivó
su total atención.
Tuve
que nombrarlo por su nombre dos veces para que me prestase atención, y con una
voz extremadamente sensual, pero con un tono de gran firmeza, le murmuré
lentamente:
—Ahora
te toca a ti… Desnúdate para mí…—dije, y os juro por Dios que noté hasta cómo
se le erizaba la piel -y algo más-.
Sin
embargo, ni se movió, paralizado por la situación, o tal vez por el miedo, o
vete tú a saber por qué, pero el caso es que tuve que ser yo misma la que le
quitase la camiseta y el pantalón. No dijo ni hizo nada.
Me
puse de rodillas para bajarle el bóxer, y al deslizarlo hacia abajo saltó
frente a mi cara su ya erecto y exultante pene. Lo lamí de arriba abajo, me lo
metí en la boca y lo introduje hasta el fondo de la garganta varias veces.
Estaba enorme, las venas parecían querer reventar allí mismo, y yo estaba tan
excitada ya que no pensé esperar más.
Tiré
de él hacia abajo hasta tumbarlo en la alfombra del salón. Estaba tan húmeda
que me parecía que podría correrme en cualquier momento. Era la misma emoción
que experimenté con Luis hacia un rato. Me puse en cuclillas sobre mi sobrino y
me dejé caer sobre su miembro duro y erecto. La sensación de placer que me invadió
fue inolvidable, y comprobé alegre que el chaval había comenzado a reaccionar y
por fin me cogía los pechos y acariciaba los pezones.
Era
morboso y excitante, me encantaba la sensación de tener todo el poder en aquel
momento, reivindiqué mi cuerpo de mujer con cada envite que le daba al
muchacho, metiendo hasta el fondo de mi ser aquel pene joven e insaciable. Tuve
un par de orgasmos antes de que mi sobrino no pudiera aguantarse más y me
inundase las entrañas con su semen. Cuando noté aquel cálido líquido abriéndose
camino dentro de mí, el orgasmo último que tuve fue espectacular, haciéndome
vibrar y temblar de puro placer. En ese mismo instante me sentí dueña de mi
cuerpo, de mi placer, y de mi vida.
—Tu
tío Enrique debería estar orgulloso de tener un sobrino tan machote…—le dije
con una sonrisa mientras le ponía un dedo en los labios para que no dijese nada
en aquel momento. Me levanté, y después de limpiarme en el baño, abandoné el
apartamento sin más.
Estaba
oscureciendo ya, pero decidí hacer una última parada antes de volver a casa con
mi maridito. Por esas casualidades de la vida, sabía dónde vivía el jefe de
Enrique. Aquel madurito entrado en edad, gordo y solterón, que tantos
quebraderos de cabeza le daba a mi marido, atendía al nombre de Señor García.
Toqué al timbre de la puerta y esperé a que abriese. Apareció ante mí con una
bata de un equipo de fútbol y con un gesto de arrogancia e inquisidor, aunque
al parecer me reconoció enseguida.
—¿Hay
algún problema con su esposo?—me preguntó con chulería y saltándose el saludo.
—Sí,
algo así—me limité a responderle y sonreír—Si me permite pasar, se lo explico
encantada.
El
Señor García me miraba extrañado y sin comprender nada. Me quedó claro que no
le gustaban las visitas inoportunas, pero noté su curiosidad. Se ajustó el
cinto de tela y me invitó a pasar al salón que tenía al final de un largo
pasillo. En el salón estaba la mesa llena de periódicos y revistas de todo
tipo.
—La
asistenta recoge por las mañanas cuando llega—se apresuró a decir al ver que me
había fijado en el desorden de la mesa.
—No
importa, Señor García—contesté sonriendo y sentándome de forma insolente y sin
invitación previa en uno de los sillones.
—Y
bien, dígame a qué se debe su visita—preguntó sin rodeos.
No
respondí, solo me limité a bajar los tirantes del vestido dejando mis pechos a
su vista. Sonreí con picardía al ver la cara de pasmo que puso el hombre. Me
chupé lentamente el dedo índice y fui humedeciendo mis pezones con mi propia
saliva; tal como había visto alguna vez en cierta película.
—Se…señora—dijo
el Señor García tratando de mantener firme la voz—Le tengo que pedir que se
vaya de mi casa.
—¿Ya?
Pero si aún no ha visto nada…—le contesté casi entre susurros.
Me
quité las bragas levantando el vestido hasta la cintura, y ante la cara
descompuesta del jefe de mi marido, abrí las piernas mostrándole mi sexo con
todo detalle. Con mis dedos le mostré el clítoris ya inflamado de excitación,
seguramente de la sesión que hacía un rato había tenido con mi sobrino.
Seguía
inmóvil, sin decir nada, como si le faltase la respiración, y tuve finalmente
que acercarme a él para poder arrebatarle la bata. Escondía una prominente
barriga y unos calzoncillos estampados. Me costó sacar aquel fláccido pene, y
eso que no opuso mucha resistencia el señor García. Me agaché para chupársela,
así me servía de poco, y para mi sorpresa, mi lengua tuvo el efecto esperado:
aquel miembro comenzó a crecer y a crecer incluso más de lo que me habría
imaginado.
El
hombre cerró los ojos y comenzó a emitir gemidos de placer, pero no lo dejé
disfrutar demasiado; me levanté y apoyé el torso sobre la mesa, aplastando mis
pechos contra el frio cristal y dejando mi trasero desnudo ante los ojos
incrédulos del Señor García.
—Qué…¿Qué
quieres que haga?—preguntó con inseguridad, aunque yo noté que deseaba oír la
respuesta que sabía que iba a recibir.
—Quiero
que me des por detrás—le dije, estirando mis brazos hacia atrás y colocando las
manos en mis nalgas para separar bien los cachetes de mi redondo y provocador
culo.
Aquel
hombre estaba viviendo un sueño, frente a él tenía un tesoro y una gota de
sudor le cayó por la frente. Acercó su pene a la entrada hasta hacer contacto
con mi ano. Dejó caer saliva en la unión de ambas partes y comenzó a restregar
su miembro con ansia, hasta que le pareció que estaba suficientemente húmedo y,
entonces, empujó de forma lenta sobre aquel estrecho agujero hasta que entró el
glande por completo.
Abrí
aún más mis nalgas para que pudiera meterla entera, y así lo hizo, con todas
sus ganas, moviéndose cada vez con más brusquedad, casi hasta hacerme sentir
algo de dolor. Se notaba que lo deseaba con todas sus ganas. Me cogió de los
brazos y empezamos un vaivén que acompañamos de gemidos, de gritos, de
embestidas llenas de furia, y finalmente ambos explotaos en un orgasmo de
órdago, quedando el señor García sentado y exhausto en el sofá, y yo con una
sonrisa idiota en mi boca.
—Gra…
gracias—acertó a decir el Señor García mientras me acomodaba la ropa.
Miré
con satisfacción al jefe de mi marido; era hora de volver a casa, pero sabiendo
que me había cobrado bien la venganza por aquella fidelidad que mi marido no
había respetado.
Cuando
llegué a casa vi que había luces encendidas; parecía que aquella noche no había
tenido horas extras en la oficina. Estaba impaciente por sacarle una confesión
primero, y después ver su cara cuando le contase cómo me había vengado.
En
la puerta encontré una rosa apoyada en el pomo, y junto a ella una nota: Veo
que has salido. Te espero dentro, cariño. ¡Será cabrón! Y encima con cachondeo.
Saqué las llaves llena de furia y entonces sonó el teléfono. Era Rocío.
—¿Sabes,
Puri?—dijo entre risas—Pues resulta que no era él.
—¿Qué
no era quién?—pregunté con un nudo en la garganta.
—Que
no era Enrique el que vi saliendo del hotel—volvió a reírse—Es para mearse,
¿verdad? Resulta que era un tipo clavadito a él, y encima llevaba un traje
igual al suyo. Lo estoy viendo ahora mismo salir, ja, ja, ¡necesito gafas!
La última Batalla
Nadie podía haber imaginado lo que ocurrió. Nadie lo esperaba. Nadie dio crédito a las noticias hasta que lo vieron con sus propios ojos y lo sintieron en sus propias carnes. La humanidad maldijo aquel viejo papiro que aquel desconocido arqueólogo encontró bajo la tumba de una de las islas de la Tierra de Fuego. El papiro maldito, como se denominaría después del exterminio, trastocó la historia del mundo.
Primeramente porque nadie pudo establecer a qué cultura pertenecía, ya que databa de casi tres milenios antes de la aparición de los egipcios. Las fechas no encajaban. La historia no encajaba. Segundo, porque lo que ponía al trascribirlo, se cumplió. Aquella profecía que narraba aquel pedazo de maldad se hizo realidad.
Nadie podía haber imaginado que el mal se ocultaba bajo los volcanes, en lo más profundo de nuestro planeta. Nadie pensó que la peor de las pesadillas estaba dormida bajo nosotros. Esta vez la realidad superó a la ficción.
Todo comenzó el día que señalaba el papiro. El fin del mundo comenzó el 22 de febrero del 2014. No fue como la profecía de los mayas. Esta fue real. La tierra tembló, se convulsionó el planeta entero, y todos los volcanes escupieron fuego, cenizas y lava al mismo compás. Y no quedó ahí el desastre. Tal como decía la profecía de su interior surgieron los conquistadores, los dioses del mundo, y comenzó la aniquilación de la raza humana.
De nada sirvieron las armas más potentes de las naciones, las más poderosas resistieron algo más, pero acabaron sucumbiendo. Todo quedó arrasado, el cielo se oscureció por el humo de las batallas y el mundo entero se convirtió en un desierto carbonizado. Tan sólo algunos ríos se salvaron, pero únicamente porque necesitaban agua para vivir.
Todo fue rápido, muy rápido. El ser humano prácticamente fue aniquilado, y a los que permitieron seguir con vida se convirtieron en esclavos, diversión o comida, y la mayoría de veces, todo seguido. El ser humano retrocedió casi hasta la edad de los metales. Ya no había electricidad, ni casas, ni armas de fuego, ni nada. Aquella persona que tenía un cuchillo era la más afortunada, y no porque podía defenderse de los conquistadores, de eso nada, eran casi invencibles, apenas tenían puntos débiles.
Había que defenderse de otros semejantes, traidores a la raza humana que se dedicaban a cazar para los conquistadores, a proveerles de esclavos para sus sacrificios. Eran casi peores que los conquistadores. Y de esta horrible manera se subsistía...
Si aún no sabes de lo que hablo, te lo contaré yo: Los conquistadores, como eran referidos en el papiro, eran Dragones. Como lees, como imaginaste, como viste en películas y leíste en libros, así son los Dragones, pero peor, más terroríficos, más grandes, más crueles. Imaginad una abominable mezcla de un cocodrilo y una serpiente, del tamaño de un autobús, ponedle alas, garras afiladas en las extremidades, y la increíble capacidad de lanzar impresionantes llamaradas, y sabréis cómo es un Dragón.
Al principio se pensó que eran animales nada más, y eso fue un grave error, porque resultaron ser muy inteligentes, demasiado, y aunque sus características fisiológicas no les permitía hablar, si que aprendieron rápidamente el lenguaje de los humanos.
Eran organizados en los ataques, había diferentes clases de dragones, unos sólo eran guerreros, otros eran los comandantes, y todos rendían respeto a su reina. Poco se sabe de la Reina, sólo una persona la ha visto y ha vuelto para contarlo.
Mi nombre es Erik, y la historia que a continuación trataré de relataros es la que nos hace seguir luchando día tras día, la que nos empuja a no rendirnos, la que contamos a nuestros niños para que no pierdan la esperanza de que algún día finalice esta guerra.
Todo comenzó una fría mañana de enero, cuando la primera claridad del día hacía su aparición. El poblado dormía placenteramente, tanto que no vieron venir el ataque . Un grupo fuertemente armado se abalanzaron sobre las cabañas, sin dar tiempo a reaccionar, y no les costó mucho esfuerzo acabar con la docena de hombres que residían en aquel poblado. De poco sirvió la resistencia que pusieron ancianos, mujeres y niños, fueron reducidos y apresados con facilidad. Al otro lado de la colina estaban los carros construidos a modo de celdas con barrotes de madera y alambre.
Serían los nuevos esclavos de los dragones de la comarca, los que viven en la montaña de Sant Lorenco. Su fin sería cuestión de días, semanas o meses.
Todo el poblado fue apresado, salvo una persona, que se ausentó para asistir a la reunión de alcaides de la comarca. Esa persona llevaba por nombre el de Irene. Era una mujer decidida, inteligente, valerosa, buena esposa y mejor madre. Regreso a los días y poco antes de llegar comenzó a sentir una terrible corazonada, y el silencio que lo habitaba todo acentuaba aún más sus malos presagios. Presagios que quedaron confirmados cuando asomó por la colina y vio su pueblo calcinado, las casas derruidas, y los cadáveres por el suelo. Corrió como nunca hasta bajar a lo que quedaba de su hogar, y buscó a su familia entre los muertos que se diseminaban por el suelo. Hasta que dio con su marido. Las fuerzas le flaquearon y cayó de rodillas en el suelo. Su amor estaba allí tendido. El padre de su hijo yacía inerte con una herida mortal en el pecho.
No quedaba nada de vida en él. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, pero no derramó muchas, el odio comenzó a secarlas, y el corazón le empujó a ponerse en pie porque sabía que su hijo estaba vivo y no tenía tiempo para lamentos.
Mientras fue enterrando uno por uno a todos los muertos la ira fue creciendo en su interior. Sabía donde estaba su hijo, sabía quiénes eran los culpables, y sabía lo que tenía que hacer.
Hacía mucho tiempo que se juró a sí misma que en cuanto tuviese familia no volvería a coger una espada, y ahora tendría que cogerla para no perder a toda su familia.
Hincó una rodilla en el suelo y se postró ante la tumba de su marido, y le prometió que los que le hicieron aquello lo pagarían con su sangre, y que traería a casa a su hijo aunque tuviera que dejarse en el camino de su propia vida...
Se levantó y se dirigió hacía la fuente de piedra de la aldea. A los pies de la misma había una pesada losa que con un esfuerzo inhumano consiguió desplazar y así descubrir un agujero donde había varios objetos cubiertos por trapos y plásticos.
Comenzó a descubrirlo todo y desempolvó su vieja armadura de cuero y escamas metálicas. Recordaba cómo llegó aquella armadura a su poder, aquella armadura y su magnifica espada, templada a mano por, seguramente, un formidable espadero. Aquel día los dragones atacaron la ciudad y los ciudadanos asaltaron la tienda de armas cogiendo todas las armas de fuego que pudieron. Irene cuando llegó sólo pudo encontrar aquella ligera armadura, muy semejante a la usaban los gladiadores romanos, y en un rincón aquella espada, aquella katana con la empuñadura y la vaina de color rojo. Es todo lo que pudo coger y salir huyendo antes de que los dragones arrasaran toda la ciudad. Mejor eso que nada, al menos podía poner en práctica todo lo que había aprendido en las clases de aikido.
Practicó y practicó hasta que se hizo toda una experta, y cuando ya no quedaron armas de fuego en el mundo, comprendió que se había convertido en una privilegiada...
Cogió agua para el viaje, se ajustó la armadura, se echó a la espalda la katana y puso rumbo a la Montaña de Sant Lorenco. Tendría que cruzar el desierto negro y el bosque de esqueletos hasta llegar a su destino. No sería fácil, pero debía darse prisa.
El desierto negro recibía ese nombre porque todo estaba tan carbonizado que la misma tierra había adquirido el color del carbón. Era un terreno escabroso, lleno de grietas,, rocas y colinas, pero que le permitiría ir ocultándose hasta llegar al bosque.
Caminaba en silencio y despacio, estaba esperando que callera la noche para poder moverse con mayor rapidez. Le pareció escuchar voces...Sí, eran risas y voces de personas. Siguió el rastro de los sonidos a través de una gran trichera, hasta que pudo ver el resplandor que emitía un fuego encendido en un claro, alrededor del cual había seis o siete hombres riendo y bebiendo. El rostro de Irene se encendió de ira, y estuvo a punto de perder los nervios y salir a su encuentro para acabar con ellos, pero eran demasiados para ella sola, n podría haber acabado más que con tres o cuatro antes de morir de sus manos. Por eso se serenó, respiró profundamente y se agachó, con las rodillas en el suelo y sentada sobre sus talones. Cerró los ojos y esperó en silencio.
Hacía un buen rato que no se escuchaban risas o voces, y la luz de la hoguera había desaparecido sumando el claro en una tenue oscuridad ´únicamente protegida por la suave luz de la luna llena.
Era su momento. Respiró despacio, se levantó y desenfundó su katana. Tenía que ser rápida y decidida, no podía dudar.
Comenzó a correr sobre las puntas de sus pies en dirección al claro. Fue rápida, directa, no vaciló ni un momento. Pasó por encima de los dos primeros hombres clavando su katana en sus corazones, al tercero le separó la cabeza de un tajo seco.
Cuando llegó al cuarto éste se había incorporado levemente, poniéndole la cabeza en bandeja. Los otros tres se habían levantado sorprendidos y medio aturdidos por el alboroto y seguramente por el estado de embriaguez que aún conservaban. Mientras buscaban sus armas Irene sajó de abajo a arriba al quinto y atravesó al sexto de un lado a otro a la altura del vientre y se detuvo en seco, en frente del miserable que le quedaba. Se relajó y dejó que cogiera su espada. Irene bajó su katana, la punta miraba al suelo y la sangre corría por su filo hasta gotear. para este sucio maldito tenía otro final preparado.
Aquel hombre sostenía con fuerza una enorme espalda, pero no podía evitar temblar del miedo que tenía. Miraba a aquella chica, no muy alta,, más bien delgada, con su larga trenza y su grácil cuerpo, y no podía entender cómo había podido acabar con todos sus compañeros en cuestión de segundos. Se dio cuenta de que no saldría vivo de allí.
-¿ Quién eres tú? ¿Qué quieres de nosotros?- le grito casi balbuceando-
El rostro de Irene se relajó y la ira que reflejaba se tornó en ironía...
- Lo que quería de ellos ya me lo han dado... Su vida.. Ahora te toca a ti...
El sudor le caía por la frente a aquel tipo, y presa del pánico, atacó con furia y decisión a Irene. Y ese fue su error. Irene giró sobre si misma dejándolo pasar, y con un movimiento rápido y certero, cercenó sus manos a la altura de las muñecas, y sin tiempo que perder, se agachó rápidamente y seccionó sus pies por los tobillos.
Se levantó y con un movimiento seco y rápido sacudió la sangre de su katana y la envainó de nuevo. Lo miró de nuevo, allí tendido, gritando de dolor y desangrándose lentamente. No dijo nada y siguió caminando en dirección al bosque.
El bosque de esqueletos se llamaba así porque anteriormente fue un bosque de hayas, pero ahora todo estaba seco o quemado, sólo estaban los esqueletos de los árboles. Un paisaje gris y desolado, aunque no tardaría demasiado en cruzarlo, antes de que amaneciera estaría a las faldas de la montaña, y ya solamente tendría que encontrar la entrada a la gran cueva de la reina. Allí debía estar su hijo, y esperaba que aún con vida. Caminó lo que quedaba de noche, y llegó antes de lo que esperaba. No le resultó complicado encontrar la cueva, era evidente que estaba en el mismo lugar donde un enorme dragón gris hacia guardia. Tenía que pasar por aquella entrada, así que se echó la capa por encima, cubrió su cabeza con la capucha, desenvainó y ocultó la katana dentro, junto a su pecho. Caminó arrastrando los pies, simulando que estaba herida, deambulando de un lado a otro. El dragón se percató de su presencia, pero no se movió, no abandonaría su puesto por nada del mundo, tan sólo se limito a observar como aquel ser humano moribundo se iba acercando a donde él se encontraba.
Cuando lo tuvo de frente, al ver que se desplomaba de rodillas, se agachó para olfatearlo. Y en ese mismo instante, Irene atravesó con su katana la cabeza del dragón, de abajo hasta arriba, girando la empuñadura para que no se pudiera salir. El dragón gruño de dolor y empezó a voltear la cabeza de un lado a otro para zafarse de su enemigo. Irene salió despedida y cayó unos cuantos metros del dragón. Rugía de dolor e ira y lanzó una mirada de venganza hacia Irene. Pero ya era tarde para él. La zona más débil de los dragones era debajo de su cabeza, y con una espada bien afilada podía atravesarse y llegar hasta su sistema nervioso, y de paso les impedía abrir sus fauces para atacar con sus llamaradas. El dragón se desplomó pesadamente y su respiración se fue apagando poco a poco. Irene se acercó u sacó su katana de la cabeza del dragón. No se molestó en mirarlo una vez más, tan solo entró en la cueva.
Acabar con la reina iba a resultar algo más difícil, así que el plan era sencillo, encontrar a su hijo y huir antes de que pudieran descubrirla. Había que evitar el combate directo a toda costa.
La situación cambió cuando llegó al centro de la cueva, y en la gran explanada descubrió a la Reina. Nunca había visto un dragón igual. Era mucho más grande que los demás, y encima tenía dos cabezas... las cosa se complicaba...
Estaba en el centro, rodeada de un par de crías de dragón que revoloteaban y jugaban con ella. En frente había un foso, y con alegría y temor a la vez, comprobó que su hijo estaba allí, esperando para ser el juguete de la crías.
Pensó todo lo rápido que pudo y se movió con sigilo por la gruta hasta bajar a la explanada.
La reina presintió algo, no sabía qué era pero algo la intranquilizó. Lanzó un terrible rugido hacía la entrada. Estaba claro que esperaba contestación de su Guarda, pero al no llegar se reincorporó e hizo una señal a su crías para que entrarán al foso a por su premio. El chico comenzó a gritar de miedo mientras los dragoncitos se acercaban a su encuentro, pero de repente una voz muy familiar le hizo callar.
- ¡Sé que puedes entenderme!!!
La Reina se giró hacía el lugar de donde provenía aquella voz amenazante. Las crías de dragón se detuvieron y se giraron también . Allí estaba Irene, de pie, junto a un nido de huevos de dragón Y sobre uno de ellos blandía la katana con decisión.
- Aunque te deteste, sé que eres una madre y no querrás que les pase nada a tus pequeños.. Puedo acabar con todos antes de que pestañees...
La Reina rugió de rabia. Los dragoncitos se decidieron a atacar, pero un bufido de su madre los detuvo en el acto.
- Es más fácil . No quiero pelear hoy. El trato es sencillo. Mi hijo por los tuyos.
La Reina se acercó al foso y alargó una de sus cabezas en dirección al niño. Irene empuñó con fuerza la katana y se dispuso a destruir todos los huevos, pero la dragona cogió suavemente a su hijo por un brazo y lo sacó del foso, colocándolo en dirección a Irene. El chico salió corriendo al encuentro de su madre y se colocó tras ella.
- Esta vez lo dejaremos en tablas, pero volveremos a vernos...
Irene retiró la katana y la envainó de nuevo. Hizo una leve reverencia de respeto hacía su rival, se giró , se agachó y comprobó que su hijo estaba bien. Madre e hijo tomaron rumbo hacía la salida. El chico iba con miedo por si les atacaban pero Irene sabía que por esta vez los dejaría marchar. Después de todo la Reina era una madre guerrera, al igual que ella, y el honor es muy importante en la guerra. Volverían a encontrarse, no le cabía duda de ello, y para entonces estaría preparada.
Mi nombre es Erik, e Irene es mi madre. Y ahora mismo se está dirigiendo al encuentro de la Reina para acabar con ella. ¡Por eso os pido! ¡os suplico! ¡que os arméis de todo el valor que haya en vuestros corazones! ¡ y me sigáis al encuentro de mi madre!. ¡Hoy podemos terminar con esta guerra!.¡ Entre todos lo conseguiremos! ¡Ánimo , mis hermanos!. ¡ Por nuestra libertad! ¡Por irene!
The End







